19 may. 2013

'La vida secreta de las palabras' consigue enmudecerte


Cartel oficial de 'La vida secreta de las palabras'
Una de las grandes virtudes del hombre siempre ha sido reconocer sus propios errores e inclinarse ante ellos cuando es necesario. Isabel Coixet no tiene grandes amigos entre la crítica y eso se debe a que en todas sus películas siempre cae en el uso reiterativo de los mismo recursos, pero sin embargo, en esta película, Coixet ha dado una lección acerca de la universalidad y la capacidad de provocar emociones y sentimientos.

Coixet ha construido una película pequeña e intimista que ha dejado caer cual bomba atómica dejando un reguero de efectos secundarios a modo de sensaciones, pensamientos y reflexiones que te acompañan días después de su visionado. La cineasta ha construido una película difícilmente olvidable que es ajena a cualquier tipo de frialdad, calando tan hondo como esa humedad que te penetra en los huesos y no te abandona. Esa humedad que se respira en la plataforma petrolífera. Esa humedad de la que están rebosantes sus personajes.

Ambientada en un lugar completamente aislado como es la citada plataforma, la localización sirve como trasunto perfecto del interior de sus protagonistas. Lugar perdido en medio del océano, golpeado por millones de olas que ejerce como limbo terrenal de dos seres torturados, dos muertos vivientes que en su condición opuesta se erigen en los polos opuestos que inexorablemente se atraen entre ellos.

Bajo la simple premisa de la enfermera que va a cuidar de un accidentado que sufre ceguera temporal y quemaduras graves, Coixet nos regala una película sobre el peso del pasado como esencia, pero más allá de eso, una obra con el silencio como germen y semilla, ofreciendo un producto que rezuma humanidad por todos y cada uno de sus poros a través de una historia intimista y muy bien desarrollada y escrita en un guión que ata fuertemente todos los cabos posibles, siendo la fuerte estructura perfectamente descrita un arma arrojadiza que sin duda se eleva como uno de los grades aciertos del largometraje.

Tim Robbins y Sarah Payne en una de las escenas de 'La vida secreta de las palabras'Difícil es la tarea de canalizar muchas y diversas emociones a través de un género como el drama, pero la directora consigue sortear las trampas del género y del maniqueísmo fácil para lentamente y con paso firme ir trazando una historia real. La fuerza de la película radica en la humanidad y verismo de sus dos protagonistas. Magistralmente interpretados por Sarah Polley y Tim Robbins, los dos actores consiguen una comunión total a través del silencio.

Personajes complejos y atormentados que se complementan a la perfección siendo cada uno el salvavidas del otro. Ella, una mujer que esconde un terrible pasado, áspera y tierna, arisca y deseable, dulce y fuerte, vive en el silencio de su sordera que le ayuda a aislarse del mundo cuando le conviene.
Él, intenta olvidar unos hechos de los que se arrepiente. Tierno y muy humano, habla como si sólo a través de sus ironías y chistes consiguiera no caer en la tormenta que se gesta en su interior.

Gracias a la unión de esos personajes, el espectador es testigo de la enorme carga del pasado en una persona y de cómo la soledad y la auto reclusión siempre sin buscarlo pueden albergar una luz, un atisbo de esperanza. Una esperanza que se gesta lentamente, sin prisa, de un modo real y sin forzarlo, dejando que sean ellos los que poco a poco y conscientemente se abran el uno al otro siendo lo que dicen lo menos importante construyendo así una tragedia donde dos personajes que han hecho del silencio un enorme diálogo, siendo uno que, ciego, lo adivina todo y otra que sin abrir la boca lo dice todo, sean capaces de comunicarse con tanta intensidad y humanidad que la mayoría de los seres humanos que hacemos una gala constante de nuestra incesante e innecesaria verborrea.

Apoyada en una magnífica fotografía, fría y aséptica que evoluciona en su gama cromática a la par que la protagonista. La luz se adueña del cuadro para apoyar los sentimientos de Ana y Josef siendo las secuencias íntimas entre ellos las que se asemejan a verdaderas pinturas.

Poco se puede intentar decir acerca de películas tan íntimas como La vida secreta de las palabras ya que pertenece a esa categoría de películas que cada uno interpreta lo que quiere y ve lo que necesita, aquellas que cada uno las siente de una manera diferente, aquellas de las que es innecesario que te expliquen o escriban sobre ellas porque solamente uno sabe lo que significa.

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